Una cocina profesional no es un lugar idílico, hay calor contado en grados centígrados; una voz que se alza por encima de las demás dando órdenes, ollas y sartenes en ebullición y cuchillos danzando. Es un lugar tan serio como un quirófano, el margen de error debe ser mínimo porque aunque se trata de comida, sabes que ningún cliente quiere ser el plato del error.
Fui invitada a una clase magistral con del chef peruano Guido Gallia, que abrió hace poco su centro culinario en Medellín, y como suelo hacer con muchas cosas de las que hago, convertí esa invitación en algo bizarro, al mezclar la clase que yo quería con la que había elegido Ana María (La maldición Ruiz). Ella me había advertido que no estaría en ninguna clase donde se picara cebolla o se manipulara pescado. La convencí de acompañarme, pero con su limitación hacia algunos ingredientes, terminamos sentadas al fondo del salón, viendo como más de 20 personas se maravillaban con todo lo que preparaba Guido Gallia.



